Droga ideológica a la puerta de los colegios

Antonio Robles

En aquella puerta del colegio no sólo se votaba, se cultivaba la desafección y el rechazo contra España. Son marcos mentales que van incorporando a sus vidas

El viernes pasado, al salir del instituto a desayunar, me topé a dos metros de la puerta con una mesa electoral del referéndum por la independencia. Hablo de Barcelona. Plantada frente a la salida como un torero de rodillas frente al chiquero, llamaba la atención toda la simbología independentista. Los agitadores del referéndum “Barcelona decideix” no esperaban a un bravo, sino a inocentes alumnos menores de edad, indefensos ante el asalto. Justo media hora se quedaron. El tiempo del recreo. Suficiente para invitarles a votar con o sin carné, sin importarles la edad, y repartirles folletos de propaganda contra la maléfica España.

Debo confesarles que la primera impresión que me produjo al tropezarme de sopetón con los nacionalistas fue la visión del camello vendiendo droga a la puerta de los colegios. No sé por qué me asaltó tan nítida, ni acabo de decidir por qué me produjo tanto rechazo, si por la obscena impostura de iniciar en los menores el negocio de la droga regalándoles caramelos envenenados, o por el abuso de menores aprovechando las inmediaciones de un recinto escolar con altas dosis de odio irracional contra España.

Al llegar al bar, comenté el descaro a mis compañeras de café. A nadie pareció importarle. Había temas importantes de verdad ese viernes, 18 de marzo de 2011. Gadafi estaba a un paso de entrar en Bengasi y pasar a cuchillo a la primavera de Libia. Rompí el hielo: era una vergüenza que Occidente se inhibiese. Por una vez vi indignación unánime ante la pasividad de la comunidad internacional. El “No a la guerra” de Irak parecía que en esta ocasión no era tan guay como lo fue entonces. Misterio de los progres. Una de ellas hizo ademanes de sumarse a mi indignación, pero antes soltó uno de esos latiguillos al uso para demostrar limpieza de sangre: “Quiero aclarar que yo no soy del PP y nunca le he votado, pero…”. La corté: “Y a nosotros qué nos importa si eres del PP o le has votado alguna vez. Evitar que Gadafi asesine a su pueblo es bueno o es malo, lo diga uno del PP o Cristóbal Colón; lo que importa es la naturaleza de las ideas que defiendas y las razones para sostenerlas. ¡Basta ya de pedir permiso para expresar según qué en este lugar sagrado en que hemos convertido a Cataluña! ¡Somos profesores, se supone que adultos, con criterio, trasmisores de cultura! ¿Ni siquiera nosotros somos capaces de librarnos de los estigmas con los que el establisman catalanista nos tiene amedrentados? ¿Acaso es un delito ser del PP?, ¿es necesario que empieces por demostrar limpieza de sangre para hablar de la guerra sin ser sospechosa de salida? ¿Si fueras de ERC o de CiU te disculparías?”. Mi compañera trataba de intercalar su consentimiento sin éxito. Hasta que acabé. “Perdón”, concluí, esbocé una sonrisa y distensión. Aceptadas las disculpas, con mi compañera aliviada y el resto asintiendo, la mañana parecía diferente. Algo se va consiguiendo.

Reflexionando más tarde, lo que aún no sé es por qué reaccioné con tanta ira, si por haber de soportar a diario la constatación de una sociedad acobardada por tics totalitarios o por la pasividad ingrávida del estamento educativo ante la manipulación de menores de edad en pleno recinto escolar (ya sé que ha habido colegios que han patrocinado dentro de sus paredes la consulta, pero eso no disculpa la pasividad de estos profesores, sólo evidencia la desmesura a la que hemos llegado).

Esta sociedad catalana incuba el mal con la misma dedicación que impide constatar su evidencia. No desprecien el escaso número de votos que seguramente cosecharán ni reparen demasiado en la calidad democrática de estos. En aquella puerta del colegio no sólo se votaba, se cultivaba la desafección y el rechazo contra España. Son marcos mentales que van incorporando a sus vidas. Hoy son adolescentes, mañana votantes; hoy carecen de criterio para discernir intereses, mañana sólo tendrán intereses fabricados a la medida de las patrañas inoculadas ahora. No importa que uno de los suyos les espete a los morros la impostura, (como acaba de hacer en artículo demoledor Salvador Sostres), el huevo de la serpiente sigue incubándose en la mente de miles de adolescentes. Jodemos nosotros, President, contesta Sostres al “van a jodernos” de Pujol. Pues sí, no han hecho “ustedes” otra cosa desde que cerraron España al libre mercado europeo a mitad del s. XIX a través de aranceles específicos para blindar el textil catalán. A cada cual lo suyo.

Ocioso es recordar que el “ustedes” no se refiere a Cataluña, sólo a su parte sectaria. Ya saben, nada se debe de dar por obvio en sociedad tan encantada de conocerse.

Libertaddigital (24.03.2011)

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Un comentario a “Droga ideológica a la puerta de los colegios”

  1. Antonio-F. Ordóñez ha dicho:

    “Esta sociedad catalana incuba el mal con la misma dedicación que impide constatar su evidencia (…)

    No importa que uno de los suyos les espete a los morros la impostura, (como acaba de hacer en artículo demoledor Salvador Sostres), el huevo de la serpiente sigue incubándose en la mente de miles de adolescentes. Jodemos nosotros, President, contesta Sostres al “van a jodernos” de Pujol. Pues sí, no han hecho “ustedes” otra cosa desde que cerraron España al libre mercado europeo a mitad del s. XIX a través de aranceles específicos para blindar el textil catalán. A cada cual lo suyo.

    Ocioso es recordar que el “ustedes” no se refiere a Cataluña, sólo a su parte sectaria (…)”.

    Para la reflexión.

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